miércoles, 20 de mayo de 2015

Arena y sed: 48 horas en Ica

(Un breve paseo por la laguna de la Huacachina, el oasis de América)

Son las 6 de la tarde del miércoles 30 de abril. Sebas y yo  hemos llegado a Ica. El terminal de buses Cruz del Sur está plagado de gente, la mayoría taxistas, quienes con rápidos movimientos ya han tocado las manos, brazos y hombros de mi hermano, en un intento desesperado de exprimirle los centavos: la cuarta parte del presupuesto acordado para el viaje.

-¿Has oído eso?, pregunta.
No había oído nada, estaba algo adormilada luego de seis horas y media de viaje. Él se detiene y  gira de repente al no obtener respuesta.

-Querían 50 euros sólo para llevarnos del centro a la Huacachina.  La gente está que se alucina, a este paso mejor  voy a pie, exclama, mientras se lleva ambas manos a los bolsillos.

No tenemos idea  hacia dónde ir, siento un ligero golpe en el hombro derecho. “Jóvenes no vayan hacía la derecha, es peligroso. Si siguen hacía la izquierda llegaran a la plaza de armas”, nos advierte un viejecito al que agradecemos con una sonrisa, al  tiempo que  saca una  cartilla y la pone en nuestras manos “Les ofrezco un tour completo a la Huacachina y Paracas  por 250 dólares”.

-No gracias, no gracias, no gracias.
Repetimos la frase alrededor de 7 veces durante los 30 pasos que dimos hacía el otro terminal de autobuses.
-Ahí pone Hotel tres estrellas.
Nos dirigimos con algo de prisa, apenas habían transcurrido 15 minutos.

                                                                          ***

La laguna de la  Huacachina  es  redonda, pequeña, una suerte de espejo encallado en la arena, una lágrima perdida que mezcla dos mundos.  Uno verdoso, profundo y a veces triste plagado de historias y garzas; y otro ardiente cuyas curvas de arena  albergan a decenas que en fila india trazan diagonales en busca del sol. Cada tarde, cuando este muere, no pocos cuerpos entumecidos le ganan al cansancio arrojándose de panza en un espectáculo de risas, zarzas y rasguños.

Sebas muerto de risa clava una tabla en la arena, la alquiló por dos soles a un chiquillo y su madre que yacen bajo una pequeña sombrilla roja. Está cansado, el sudor y  la  agitación al respirar lo delatan; sin embargo se impulsa, hasta llegar a una pequeña duna, monta en la tabla y conduce cuesta abajo mientras la arena se adueña de sus pies.

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-En Ica son un poco oscuros de piel ¿no?, pregunta. Al tiempo que tiende una toalla verde que compro en la víspera en un supermercado chileno.
-Debe ser por el calor, respondo.

Se tumba sonriente, mientras se lame los labios resecos. Abre la mochila y extrae con ansias una botella que resulto estar  vacía, la  decepción le hace cerrar aún más los ojos y envejecer un par de años.
- No me jodas, no hay agua y estoy en un desierto. 

                                                                        ***

La laguna de la Huacachina se encuentra a cinco kilómetros al oeste de la ciudad costera de Ica,  está rodeada de hermosas dunas de arena blanca, algarrobos y palmeras.  El nombre de la laguna viene del quechua Huacca-china que significa “la que hace llorar” y que ha dado pie a la leyenda: una sirena que cada  noche de luna llena sale a cantar su triste canción. 

La calle de la Huacachina luce hermosa,  hay una plazoleta color hueso  con forma de media  luna ubicada frente al  legendario Hotel Mossone. Tomamos asiento luego de una larga caminata, seis hermosas imágenes muestran a una joven semidesnuda de larga cabellera,  es la sirena de la que habíamos oído hablar un par de veces.





-Dicen que cada año se ahoga un hombre
-Yo he oído que el novio de la prima de un amigo se ahogó aquí, respondí.

No sabemos con certeza si la leyenda es cierta o  no, no vimos nada. Pero de lo único que estamos seguros es que  tener sed en Ica es una constante y un lujo.

- Señora, una botella de San Mateo por favor, dice.  Al tiempo que saca  dos soles de la cartera y las coloca en el mostrador. Una mujer pequeña  aparece al  lado del congelador.

-Son ocho soles joven ( 2 euros)
Retira rápidamente los soles del cristal y los mete en el  bolsillo derecho de su chaqueta.  Atravesamos  la puerta y nos alejamos despacio.

-Un poco caro ¿no?
-No voy a pagar 2 euros por una botella pequeña ¿no te jode?

Echaba de menos Lima, sobre todo por los precios, dice.  Ya se ha hecho de noche, las luces blancas iluminan las calles. Un anuncio en un pub pone que hoy  se presenta un grupo de cumbia.

-Ni me mires, no quiero ir.

Es que yo tampoco quería ir, es solo que me moría de sed y resultaba frustrante no encontrar otra tienda cerca, quise volver a la primera, pero verte fruncir el ceño me detuvo.  Luego de veinte minutos de idas y venidas por la mismas calles ya me animaba a entrar a cualquier  discoteca  y comprar algún trago aunque fuese abstemia.

Él se abrocha la chaqueta. Hace frío.
-Así que Ica es el lugar donde más calor hace, que vas a volver moreno a Lima y bla bla bla,  dice mientras me mira sonriente.
 Luego gira la cabeza y la sonrisa se ha desvanecido.

-Tengo sed, exclama al fin mientras  chupa su labio inferior para devolverle el color y quitarle los bordes blancos que  delinean su boca.  Al llegar a la esquina ve que en el cristal de una casa aparece un anuncio tentador: Chicha.

-¿Por qué la chicha es más barata que el agua embotellada? ¿Crees que la preparan con agua de grifo? ¿Me dolerá luego el estómago?, pregunta.  El semáforo ha cambiado a verde.  Hemos dejado por fin la avenida Grau y he recuperado a mi pequeño hermano. 








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