sábado, 23 de mayo de 2015

Ir en combi

Son las siete de la mañana y el McDonald's de la avenida La Marina aún no abre, una que otra cafetería se atreve a colgar tímidamente sus carteles que ofrecen combos, café americano y sándwiches. La gente anda apurada a  estas horas. La emolientera de la esquina da giros de 180 grados para atender a tres  filas de entre 5 y 6 personas que la rodean provistos de prisas, monedas y hambre.

Pretendo coger un autobús hacia la avenida Abancay, pero luego de que dos pasaran de largo empiezo a darme por vencida. Por  fin se detiene uno, pero ante el jaleo de la gente me resisto a ocupar el penúltimo peldaño de la escalera de la puerta posterior. Finalmente me decido a esperar una combi.

Todos hemos subido a una combi, algunos bajamos renegando con tacones, sin ellos, tambaleando o perdiendo el equilibrio, pagando pasaje completo o una “china” (cincuenta centavos) hasta la esquina más próxima. Somos testigos mudos de una cultura provista de códigos, música y olores.

Aquí no pisar a otro es inevitable, chocar las rodillas,  tocar  las  manos, tirar  el cabello -obvio que sin querer- estar de pie al lado de una frondosa cabellera, no siempre aseada, que hormiguea los dedos y oler, de cuando en cuando, el característico aroma que desprenden algunos al levantar el brazo. He cogido asiento, pero al quedar algunos libres el chófer se negaba a continuar, el viaje previsto de cuarenta y cinco  minutos se convirtió en noventa.

Estoy junto a la ventana y tengo sueño. Cada cierto tiempo, algún badén me avisa en qué lugar estoy, eso y algún golpe en el cristal. Una mujer de unos treinta y pocos  se ha sentado a mi lado, esta tan gorda que debo apretar mis muslos el uno contra el otro y encorvar la espalda. Eso por regla general, si vas en combi.

El chófer ha puesto una cumbia a todo volumen, mientras la mujer que está detrás ha empezado a tararearla, la que está a mi lado va leyendo el periódico, lo he notado porque una de las páginas ha rozado literalmente mi cara; la miro fijamente, me hace una mueca y sigue en lo suyo.

Si hay algo que destacar es su velocidad, son tan veloces que se pasan luces rojas y paradas autorizadas, para el chófer de estas unidades cualquier lugar es bueno para  bajar y recoger pasajeros. Estos son elegidos al “ojo”, aquí los subidos de peso, viejecitos o escolares, pierden. 





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