lunes, 29 de junio de 2015

Laia

Conocí a Laia un sábado de abril en que la tía enfermera me llevó a pasear con sus amigas. Era la hija única de una mujer obesa y bonachona, yo tenía 5 años y ella 8, llevaba siempre coleta y desconocía la palabra no. Vivía en un piso a las afueras de la ciudad, con una madre siempre ocupada, un padre ausente y un plumífero verde que fue miembro honorable de su familia por 16 meses. 

Nos hicimos amigas cuando me salvó la vida, había tragado mucha agua y no sabía nadar, nadie me había dicho entonces que la piscina olímpica era tan profunda, fue la primera y última vez que entré a una. Su relación con el agua era más bien cordial amaba la playa y las tardes ruidosas en la piscina y pese a sus cortos años, se expresaba como una chica de 13, he oído que los hijos de padres separados maduran pronto, quizá por eso nos llevábamos tan bien. 


Me he quedado a dormir en su casa tantas veces que he perdido ya la cuenta. Aunque recuerdo particularmente una noche en que la tía enfermera y su tío abogado fueron a ver una peli sobre la vida de Eva Perón y les apetecía ir solos. No llegaron a dormir, para nosotras eso de ir solos al cine era sólo una excentricidad más de los adultos, eramos muy jóvenes para entender.

Ella fue creciendo así como su número de novios, su adolescencia fue breve, pero intensa. A los dieciséis le apareció una adicción a los cigarrillos  y a los chicles sin azúcar, a los dieciocho un culto crónico a la belleza que la acompañaría hasta el final de sus días y a los veinte se hizo tristemente famosa cuando su nombre apareció en las portadas de todos los periódicos de la ciudad.

En aquellos tiempos llamó la atención que una bailarina de ballet y estudiante de enfermería hubiese muerto a manos de una cirujana sin licencia médica que trabajaba en una clínica a la que Laia había acudido en busca de esa perfección de la que tanto le habían hablado las otras bailarinas, como si un cuerpo estéticamente "perfecto" encerrase la felicidad suprema.

Desde entonces, octubre dejó de ser uno de mis meses favoritos. Es cierto que tú no lo entiendes, estás a varios metros bajo tierra y aunque no lo suficientemente sorda para no oír sí lo suficientemente muda como para proferir palabra. Te arrebataron la vida por negligencia de otros, yo no creo en los secretos ni en el destino.

Cumplías años el 02 de septiembre querías lucir radiante, la operación iba a ser toda una sorpresa y vaya "sorpresa" la que nos diste. Tu madre dejó de sonreír; tu loro, hasta entonces perdido, retornó con prisas y palabras nuevas. Con los años, tu padre también volvió, creo que has tenido mucho que ver en eso.

Querida amiga pudiste ser tantas cosas; actriz de teatro, enfermera, profesora de inglés, Miss Uruguay o Miss España, pero te conformaste con ser la eterna bailarina de la cajita de música. Eres la  niña  a la que  recordamos todos, no te miento, con un sabor agridulce a veces, pero con la certeza absoluta de que donde sea que estés te haces querer tanto o más de lo que te hiciste querer aquí.



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